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   Gracias por leerme.

Fugaz

   Acababa de matar a su marido.
   Había sido un inesperado accidente.
   Habría querido planearlo y haberlo realizado lo más meditado, perfecto y “profesional” posible, pero nunca se presentó tal ocasión, y finalmente, el destino quiso darles aquella imprevista sorpresa a ambos.
   Se tumbó en la hamaca cercana a la centelleante piscina y miró hacia el cielo unos instantes. La noche comenzaba a decorar el majestuoso y sosegado cénit veraniego. La luna fulguraba casi completamente redonda a un lado de la esfera plana. Vio pasar varias estrellas fugaces y sonrió… recordó a su madre diciéndole con voz dulce y reparadora, que podía pedir un deseo al ver una de ellas.
   Ya no necesitaba pedir deseos… los deseos a veces, se hacen realidad sin tener que pedirlos, tan sólo deseándolos...
... bueno sí, deseaba beberse una cerveza muy fría… a pesar de que no le gustaba demasiado beber alcohol…
… aquellas cervezas que el cabrón que yacía inerte en la cocina, había comprado unas horas antes… y ya no se bebería nunca.
   Se levantó, cruzó el empedrado gris del porche y entró en la inmensa cocina azulada, que daba directamente a la piscina. Tuvo que sortear el cadáver para no caerse, pero con ganas hubiese pisoteado aquella asquerosa cara blanquecina del ser que jamás le volvería a hacer daño.
   Abrió el congelador. Ya estarían lo suficientemente frías, pues algo de escarcha nívea y suave se había adherido a ellas.
   Volvió a sonreír. Cogió el paquete de seis y tiró de uno de los botes de cerveza, haciendo que se liberara de las anillas de plástico. Después, colocó el resto en el refrigerador, y cerró ambas puertas.
   Agarró la pequeña chapita hacia atrás y hacia delante, sin darse la vuelta aún, mientras oía el leve chasquido y el característico soplido de la cerveza al abrirse.
   Se giró, alzó la mano a modo de brindis hacia el lugar donde yacía el hombre que acababa de convertirla en viuda y se encaminó de nuevo a la hamaca, esquivando una vez más el cuerpo pétreo tendido en el suelo.
   Volvió a tumbarse, esta vez, con la cerveza en la mano y siguió observando el firmamento estrellado.
   Tenía que pensar...
   Debía deshacerse del cuerpo...
   Las luces de la piscina estaban encendidas y tintineaban sobre las pequeñas olas que el viento de Levante aún arrullaba desde la costa.
   Sobre la tapia que rodeaba toda la finca, había aparecido un gatito negro muy pequeño que la miraba con sus grandes ojos naranjas y coqueteaba con las sombras del patio.
   Habían alquilado aquel chalet para disfrutar de sus vacaciones en Chiclana, muy cerca de la Playa de la Barrosa, por unos pocos días.
   Quince días en la playa… hacía mucho tiempo que no disfrutaban de unas vacaciones así, porque no habían podido permitírselo.
   Nada más llegar, ya habían tenido el primer altercado.
   Aquellos que siempre comenzaban por cualquier nimiedad y terminaban a golpes…
   Bueno, en realidad, él terminaba a golpes con ella…
   Lo peor de aquellas discusiones, era que ella siempre terminaba perdiendo las batallas. De vez en cuando sólo era algún manotazo en la cara que le dejaba marcados los dedos por un par de días y después desaparecían. Pero otras veces, eran imborrables moratones que tardaban días y hasta semanas en desaparecer y que le impedían incluso salir a cualquier lugar donde hubiese cualquiera que acabase realizando preguntas malvadas y retóricas, y que aun sabiendo las respuestas, no tenían valor a darle ningún tipo de solución posible…
   Estaba cansada de inventar historias para justificar los golpes o sus depresiones y últimamente apenas se relacionaba con nadie. No llamaba a su familia desde… ni se acordaba desde cuando…
   En cuanto supiera cuál era el siguiente paso a seguir después de aquel fatídico (o afortunado) homicidio involuntario, les llamaría.
   Ese día, la reyerta había acabado de forma muy diferente y la suerte se había puesto del otro lado… él había resbalado tras un empujón de ella, intentando zafarse de su continuo agresor.
   Habían estado en la playa por la mañana y él se había bebido seis o siete cervezas en el chiringuito de la arena. Después “malcomieron” a base de deliciosos aperitivos y alguna ración, acompañada de más cerveza por él y refresco de Cola, por ella. Después, el café y la copa… las copas…
   Sabía que el día no acabaría bien y que después de aquello vendría alguna acalorada discusión y también sabía cómo acabaría ésta si ella replicaba.
   De su mano estaba casi siempre que él se saliera con la suya o no. Aquel día ella decidió que no lo hiciera y rebatió todas sus amenazas y mandatos.
   Ella también estaba de vacaciones y no permitiría bajo ningún concepto ser su humilde y sumisa esclava esos días. Quería ir a cenar con él, o sin él, cerca del mar, y sin embargo el muy “tarugo” quería que ella cocinase, pero estaba fatigada del viaje del día anterior y le apetecía que su marido le premiara de vez en cuando y disfrutar como hacía el resto de la gente. Él estaba demasiado borracho para salir a ningún lado y se empeñó en que ella sacara la carne del frigorífico. Así él seguidamente, se echaría a dormir en cualquier rincón de la casa y ella volvería a sentirse sola. Como de costumbre…
   Ella no hacía lo que le ordenaba, así que él había decidido meterse en la piscina para darse un baño, a la espera de que ella reaccionara al fin, pero ella siguió en su cabezonería (hacía mucho tiempo que no hacía algo así), a sabiendas de que aquello podría provocar que él le soltara algún tortazo o similar.
   Deseó que se ahogara allí mismo, en la piscina.
   Sin embargo, cuando él terminó su baño y entró en la cocina, ella estaba sentada, fumando un cigarrillo; impasible, rebelde y provocadora… y eso le enojó aún más. Así que cuando se abalanzó sobre ella chillando y con el puño en alto, ella se levantó, le empujó y él resbaló, con tan mala (o buena) suerte que su cabeza fue a golpearse fuertemente y con gran estruendo con­tra la encimera de la cocina y doblemente en el suelo.
   Seguidamente, el cuerpo comenzó a convulsionar durante unos segundos, con los ojos en blanco y después se frenó…
… un lamento escupido desde las entrañas, fue el último sonido que el cerdo había manifestado.
   En un principio, pensó que simplemente había sido eso: un tremendo golpe. Pero él no respondía. Y al acercar su cara a la de él, no notó su respiración. Le puso la mano en el pecho… no se movía, ni le latía el vil corazón…
   Se asustó en un principio, pero pronto notó un gran alivio. Ese día, cuanto menos, no tendría razones por las que sentirse inútilmente enferma…
   Cruzó otra estrella por encima de su cabeza. Esta vez pidió un deseo: saber qué tenía que hacer con aquel fastidioso cuerpo.
   El chalet estaba rodeado de bien cuidado césped, así que no podría agujerearlo para enterrar nada… se notaría demasiado. Aunque en la parte de atrás de la casa le había parecido ver una zona con pequeñas piedras rodeando un enorme y longevo pino de unos quince metros.
   Se levantó, dio un sorbo a la cerveza y, lata en mano y tras un leve y suave chasquido de su lengua en el paladar, fue a echar un vistazo por la zona.
   Aquella era la cerveza que mejor le había entrado en su estómago en toda su vida.
   La zona de guijarros era demasiado pequeña como para esconder bajo las raíces de aquel majestuoso pino el cuerpo de metro ochenta de aquel desgraciado.
   Se terminó de un trago el bote de cerveza y fue a la cocina a por otro.
   Estaba empezando a molestarle aquel mamotreto allí tirado, así que antes de ir en busca del segundo bote, lo agarró de las peludas muñecas y tiró de él torpemente y a trompicones hacia una de las habitaciones. El malnacido pesaba demasiado.
   Había quedado un delicado camino de agua a lo largo de todo el pasillo… pero no era preocupante, ya se secaría… no había restos de sangre y eso la hizo sentir un gran alivio. El golpe debió haberle provocado algún derrame interno. Lo dejó allí y observó por unos instantes al hombre que debía haberle descubierto la felicidad en algún momento de su vida y sin embargo, lo que había conseguido era que ella fuese capaz de olvidar lo que significaba la palabra “paz”.
   El hombre tenía un semblante tosco y serio. La boca cerrada afanosamente bajo la piel sin afeitar de varios días, en una mueca de ira y enojo. La corta cabellera desarreglada y mojada dejaba entrever zonas despobladas en las sienes y la coronilla, adornada con despojos indecisos de ser blancos o negros. Sus ojos habían quedado a medio cerrar en un gesto de clímax. Pensó que a lo mejor el desgraciado había sentido incluso un orgasmo en el momento de su muerte, y eso la hizo gracia. Sería su último éxtasis provocado por ella inconscientemente, como cuando la penetraba mientras ella imaginaba estar en otro lugar y él disfrutaba sin que ella colaborara lo más mínimo. El bañador, corto y ridículo cual slip, dejaba entrever el pequeño volumen de su entrepierna. Le dio mucho asco recordar…
   Se acercó a él y con mucho cuidado por si acaso le despertaba (aún no se podía creer que hubiese logrado deshacerse de aquel demonio), le cerró los ojos completamente con los dedos pulgar e índice de la mano derecha. Se puso de pie, altiva y orgullosa, cerca aún del cadáver, lanzó un último repaso al cuerpo escombroso y blanquecino cubierto de gotas de agua, salió de la habitación y cerró la puerta.
   Entonces fue cuando sonó el telefonillo de la entrada. La dueña del chalet había quedado en ir aquella tarde a llevarles otro juego de llaves, ya que el día antes, que era el primero que pasarían de vacaciones, sólo les había dejado un juego. Tenía que abrir la puerta, y pensó que había tenido suerte por haber escondido el cadáver justo a tiempo.
   Antes de llegar a la entrada, recogió el segundo bote de cerveza del frigorífico y respiró hondo.
   La dueña era una mujer joven, de unos treinta años, con un cuerpo atlético y muy ejercitado en algún gimnasio, pues sus bíceps y tríceps se marcaban a la perfección. Debía ser de algún país del este de Europa por su complexión, sus grandes ojos azules y su acento.
   ¾¡Buenas tardes! Siento no haber podido venir más temprano. ¾Saludó jovialmente la Sra. Kroscher al tiempo que Laura abría el portón rojo.
   ¾ ¡Hola! No hay problema… ¾respondió ella casi al mismo tiempo y con el mismo espíritu radiante.
   ¾ Les traigo las llaves… ¾dijo la dueña con su acento extranjero mientras le tendía el llavero.
   ¾Sí, muchas gracias. ¿Quiere tomar una cerveza? Están muy frías… ¾no supo por qué coño había dicho eso, sería la costumbre o la educación, o las dos cosas…
   ¾ No, gracias. ¾Contestó la dueña cortésmente.
   ¾Bueno, puedo ofrecerle un zumo o cualquier otra cosa… ¾seguía con su puñetera educación.
   ¾No, gracias, de verdad. Muchas gracias. Les dejo solos para que disfruten de sus vacaciones. ¾Y dio un paso atrás, iniciando la despedida inmediata.
   ¾ Bien, como quiera… ¾y se dispuso a cerrar el portón mientras le dedicaba una sonrisa y levantaba los dedos de la mano con la que sujetaba el bote de cerveza a modo de despedida cordial.
   En cuanto cerró el portón, su semblante cambió. Su sonrisa falsa educada se tornó en una sonrisa pícara felina y decidió que ahora sería ella la que se bañaría en la piscina.
   Dejó el bote de cerveza en el suelo tras un largo trago que le supo a néctar de Dioses, se quitó el vestido playero nacarado por la sal y también se deshizo de su cruel y devastador bañador… Aquel bañador que la ahogaba y que la impedía mirarse en el espejo… Su marido nunca la dejó comprarse un bikini y su cuerpo estaba dorado por el sol sólo en algunas zonas… las piernas y los brazos… como un cuadro abstracto de algún pintor chiflado.
   Se quedó desnuda y se miró detenidamente. Su cuerpo no estaba mal al fin y al cabo.
   Apenas comía últimamente, con lo que estaba bastante delgada y como no había tenido hijos, no tenía deformidades en la piel ni en la zona del ombligo y sus pechos eran tersos y duros aún. Sólo necesitaba un poco de sol que seguramente al día siguiente buscaría en la playa.
   Así, desnuda, se zambulló de cabeza en la piscina… buceó y nadó durante largo rato, acariciándose de vez en cuando y sintiéndose libre, femenina y feliz. Disfrutó del tacto del agua en cada poro de su piel y notó ondear su largo pelo suelto flotando libre. Le gustaba el sonido de los chorros de la piscina y la luz que esparcía sombras casi irreales sobre las ondas del agua.
   El gatito negro que le había atisbado con ojos naranjas, redondos y grandes, momentos antes desde lo alto de la tapia, se hallaba ahora junto a la orilla de la piscina, lanzándole ronroneos que jugueteaban con el prudente silencio del agua.
   Cuando salió de la piscina, su cuerpo sintió el aire del anochecer y sus pezones se endurecieron casi inmediatamente. Fue hacia el cuarto en busca de algo de ropa seca que la tapara del aire y volvió a encontrarse con el cadáver. Empezaba a molestarle muchísimo tener que encontrarse con él a cada momento, pero no quería volver a tocarle.
   Se puso un vestido largo de gasa blanca, hasta los tobillos, y no quiso ponerse ningún tipo de ropa interior… al día siguiente se compraría un par de tangas con encajes de esos que tanto le gustaban y nunca había podido comprarse. Ya estaba harta de sentirse atada y empezaba a disfrutar su nueva libertad de manera inconsciente y natural.
   Mientras se peinaba el cabello aún mojado, pensó que podría llamar a la policía y simplemente contar la verdad: que su marido se había caído, que había sido un accidente… pero no le apetecía contar nada a nadie, ni dar explicaciones, ni llorar…
… tendría que llorar delante de la policía o explicarles por qué no lloraba la “desgraciada muerte” de su marido. Además, la idea de vivir sin él, como si no hubiese pasado nada le hacía feliz y quería disfrutar de sus vacaciones. El sentimiento de libertad era tan fuerte que su corazón palpitaba pensando en todo aquello que la apetecía hacer sin que nadie le molestara.    Y si avisaba del accidente, no podría disfrutar de nada en mucho tiempo. Así que lo mejor era seguir adelante con la primera idea: la de deshacerse del cadáver.
   Volvió a salir al porche después de cerrar la habitación con aquel ser inútil allí tirado.
   Recogió la cerveza que había dejado allí en el suelo, y tiró la lata después de beberse el último sorbo. Cogió las llaves del chalet y algo de dinero, metió ambas cosas en el pequeño bolsito de ganchillo beige que su madre le había tejido años antes, se puso unas sandalias y se fue a dar un paseo por la playa.
   El mar estaba un poco lejos de la casa, pero el recorrido era muy agradable y su pelo comenzaba a secarse con la cálida brisa, con lo que también empezaba a entrar en calor. El aroma a jazmín y a dama de noche inundaba las calles oscuras entre los chalets. Los aullidos de los perros a lo lejos, le indicaba la cantidad de vida que había alrededor suya. Pasó por delante de un par de inmaculados campos de golf y alguno de tiro con arco.
   La zona estaba llena de lugares divertidos…
   Muy pronto, salió de la zona de chalets veraniegos y se adentró en la zona de copas del lugar.
   De camino a la playa, pasó cerca de una cervecería llena de gente joven y se le antojó seguir bebiendo, al fin y al cabo, llevaba mucho rato caminando y la sed ya empezaba a hacerse notar. Tenía la sensación de tener que celebrar algo, y en realidad, era lo que estaba haciendo: celebrar su nueva libertad.
   Entró y se acercó a la barra. Una camarera que debía tener poco más de veinte años, radiante, morena y guapísima, de ojos negros enormes y sonrisa reluciente, le saludó y después de preguntarle qué quería tomar, le sirvió una cerveza muy fría en una jarra rodeada de trocitos de hielo pegados por todas partes y un platillo rebosante de patatas fritas. La noche prometía ser divertida. Observó el ambiente que la rodeaba y se sentó en una de las sillas altas que estaban libres cerca de ella. Empezaba a relajarse de verdad. Sentía el frescor de la silla en sus glúteos prácticamente desnudos y un escalofrío de deleite le recorrió el cuerpo entero.
   Muy cerca de ella, unos chicos jugaban al póker en una de las mesas cerca de la puerta de entrada. Ella sabía jugar muy bien, pues en las tardes de invierno en que su marido salía con amigos para ver algún partido de fútbol en algún sombrío bar del barrio, ella se quedaba sola jugando en un viejo ordenador. Unas veces contra la máquina y otras, contra personas de otros países de todo el mundo en el modo on-line. Esa era su única diversión de los últimos años…
   Les estuvo observando durante largo rato, mientras disfrutaba de aquella cerveza como nunca había hecho.
   Uno de los chicos era bastante bueno y les estaba dando una lección de cartas a los otros tres. Deseó, inexplicablemente, sentarse con ellos a jugar, pero ya tenía una edad incompatible con el hecho de cometer ese tipo de locuras, y comportarse de manera tan imprudente, sobre todo después de lo que acababa de hacer, así que antes de que su impulsividad le jugara una mala pasada, decidió beberse de un trago y pagar la cerveza para seguir con su paseo.
   Las calles estaban llenas de juventud divirtiéndose en pequeños grupos que entraban y salían de todas partes, y de familias con hijos, comprando prácticamente cualquier objeto en las tiendas aún abiertas, se necesitaran o no, y comiendo helados, bebiendo refrescos…
   La playa estaba muy cerca ya.
   Decidió descalzarse antes de llegar a la arena. Cogió las sandalias en una mano y dio varios pasos aún por el asfalto antes de notar el frescor de la arena entre los dedos de sus pies.
   ¾ ¡Pobrecita...!¾Pareció escuchar que el susurro del viento desde la orilla le hablaba con voz ahogada de mujer.
   ¾Mira lo que te ha hecho ese desgraciado… ¾

   La luna estaba creciendo… pronto estaría completamente redonda… y sintió un deseo irrefrenable de caminar hacia ella… y perderse en el infinito placer del firmamento…